viernes, febrero 08, 2013

CHARLA CON AUGUSTO MONTERROSO

"No sabemos quién descubrió el agua, pero sabemos que no fueron los peces." Marshall Mc Luhan. ¿Te has dado cuenta del sistema en que vives?


Augusto Monterroso, el escritor, estuvo en El Escorial de Madrid; su paso por este pueblo de montaña despertó un gran revuelo entre los participantes de los cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid. Dentro de la sobriedad que caracterizan estos encuentros, el público trató a Don Tito como una celebridad. Los que le escucharon se mostraron agradecidos al final de la jornada, porque además del valor de sus palabras, Augusto Monterroso estuvo enfermo durante su estadía.

”Ya que usted lo dice, no es caballeroso rebatirlo. Pero ese público, no siento que exista;... “

El Escorial, está a unos 50 kilómetros de Madrid, el hotel Felipe II, dónde se desarrollan parte de los cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid, está lejos dentro del propio pueblo; se encuentra en la parte alta, escoltada por el muro amenazador de una pequeña represa. Desde la terraza del hotel se ven las torres y el techo del monasterio de El Escorial, mandado a construir por Felipe II; permanece recortado contra el fondo casi azul del valle en esta mañana de Julio. El lujo del hotel, aleja cualquier sospecha de que ahí, puedan estarse dando encuentros académicos, pero lo cierto es que durante el verano pasarán por ahí varios hombres doctos para dictar cursos y conferencias.

Tal es el caso de hoy (para cuando se lean estas líneas, ocurrirá como decía el propio Monterroso quien queriendo hacer periodismo, tardaba tanto que al terminar ya era historia), en que se podrá ver a Augusto Monterroso, el autor del cuento más breve escrito jamás.

“Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”

En el hotel, el ambiente irreal, no parece haber un borrador, sacapuntas o pupitre, ni nada que se le parezca. El hotel Felipe II no parece un lugar donde se den cursos, su atmósfera de lujo y el lugar donde esta construido invitan a cualquier cosa menos a aprender.

Monterroso apareció, es breve, su tamaño puede anunciar perfectamente a sus cuentos; dijo de sí mismo... ”soy tan chiquito que no me cabe duda”... Entró con Bárbara Jacobs (su mujer, como él la llama). Se le veía fatigado y tuvo que hacer un esfuerzo para poder subir la pequeña tarima del salón de actos, para sentarse, para hablar. Tiene ya esa expresión en el rostro; esa confusa expresividad que sólo tienen los niños y los ancianos, esa forma de mirar que simplemente conmueve.

No es menos cierto que Augusto Monterroso tiene ya ochenta años, que le hacen mostrar su apariencia frágil como si fuese un párvulo; pausado su hablar, lento y elaborado, ocultando tal vez, su sabiduría detrás de una enorme timidez.

En la sala hubo que esperar a Monterroso, estuvo concediendo entrevistas concertadas con los medios nacionales y locales, y llegó muy cansado. Después de saludar, sólo hizo referencia, al miedo que le producía que le comparasen con Góngora o Quevedo; él sólo escribía cosas inocentes comparado con Quevedo, cuya vida, no tuvo nada de eso. Le asustaba además porque viniendo de Centroamérica, de la selva, se encontraba ahí, frente a ese público.

Leyó tres capítulos de su libro, “Los buscadores de oro” y si no lo retiene el moderador, el profesor Victorino Polo, Monterroso habría salido del salón de actos cuan rápido le hubiesen permitido sus piernas. Para quien “la cualidad principal de la prosa, es la precisión”, sus palabras destilan una suerte de síntesis. Todo encerrado en el momento.

¿Se ríe usted de las cosas que escribe, se sorprende con el resultado, o sabe donde va desde el principio?

     —No sé muy bien, que contestar sobre el tema de la sorpresa en la literatura y los cuentos. Es muy difícil contestarlo, yo me recuerdo dos o tres veces solamente riéndome de algo que he escrito, no de lo que esté escrito sino de una ocurrencia sobre lo que he hecho, y está muy bien. Pero eso ha sido muy de vez en cuando. En cuanto a la sorpresa, siempre me sorprendo de estar escribiendo. Pero una vez sorprendido de lo que estoy haciendo me entrego con tenacidad y hasta que no lo vea terminado, seguiré, a veces durante semanas, meses o años, exigiéndome lo que todo buen escritor se exige, estar satisfecho uno mismo con lo que he producido o por lo menos, darlo para la imprenta para no pasarse la vida corrigiendo.

¿A usted le ha pasado lo que a Juan Rulfo que decía que su tío Seferino, le había dejado de contar historias? (Vilas-Mata hace una referencia a esta anécdota en su libro Barthelemy y compañía).

     —Yo fui muy amigo de Rulfo, entrañable amigo, muy cercano, y puedo asegurarle que ese tipo de frase que dijo, no eran ciertas. Él decía esas cosas por coquetería, o por pereza o por lo que fuera y le salió bien, porque era un hombre de talento. Es una forma de decir ya no hay más que decir ¿No?

¿Usted cree que el último personaje que le queda al escritor, es el escritor mismo?

     —Puede ser, si puede ser, no había pensado en eso. Uno se mete en los otros personajes y es un personaje invisible de la obra que está haciendo. Sí el escritor está metido en la historias que está contando, es un personaje invisible. Creo que Quiroga decía que hay que escribir los cuentos y tratar a los demás personajes como si fueras uno de ellos. ¿Quién sería el personaje que escribió Don Quijote? Es posible pensar que era Cervantes, pero ahí hay un misterio. ¿Quién es el narrador de Don quijote, si Cervantes o un vecino de Don Quijote que lo conocía, un amigo? Entonces, ¿qué pasa con Cervantes, era el último personaje o no? No lo sé.

...”mientras más bueno es un autor, generalmente menos público consigue”...

Monterroso hace una pausa para hablar de “Los buscadores de oro”, memorias que, según sus propias palabras no pudo hacer más breves. Siguió comentando que tenía acumulados veinte folios de notas para la segunda parte de sus memorias y que con suerte llegarían a veinticinco, después de catorce años elaborándolas.
Las primeras palabras de "Los buscadores de oro", empiezan hablando de un río. El río me ha llevado a pensar en otro escritor guatemalteco como lo es Luis Cardosa y Aragón ¿Le recuerda?

     —Es otro caso de un enorme talento literario que se ha quedado sin llegar al gran público. Eso no es tan extraño, mientras más bueno es un autor, generalmente menos público consigue. Un caso es “La historia universal de la infamia” de Borges, del cual en el término de un año o más había logrado vender 35 ejemplares. Y lo decía con cierta exageración porque no es que los hubieran vendido, es que se había deshecho de ellos dejándolos en los bolsillos de los abrigos de sus amigos, con los que asistía a algún restaurante. La primera edición contó de 350 ejemplares de la editorial Megáfono de 1936. Así pasa más o menos con Luis Cardosa y Aragón que es un altísimo y grandísimo poeta guatemalteco; que fue a vivir a México también por ser perseguido por la dictadura. Ahí creó la crítica pictórica de México. Él fue el primero que descubrió la pintura que se estaba haciendo en su época. Su poesía es muy recóndita, no se conoce. Yo participé con García Márquez en una gestión que hicimos para que en España se publicara el libro. Hicimos una conspiración para que lo publicaran en Seix Barral pero nunca obtuvimos respuesta. Sería que era demasiado bueno.

¿Qué significa para usted el público que le lee y le venera?

     —Ya que usted lo dice, no es caballeroso rebatirlo. Pero ese público, no siento que exista. Y probablemente exista pero está muy disperso. Todos los días, recibo cartas de ese público, de remotas partes de América Latina, de regiones de Argentina, Colombia, pero curiosamente no se conocen, (se ríe), se dirigen a mi y ya. Sobre "Los buscadores de oro" recibí una carta desde España y era de un tipógrafo, y me explicaba como me equivoqué con cariño y todo, como me había equivocado, cuando hablaba de los tipos móviles. Yo puse en el libro como recordaba yo la imprenta.

En la parte exterior del salón de actos estaban colocando un toldo rojo, lo iban instalando casi sin hacer ruido. El salón se teñía de un rojo suave por la luz que provenía de la terraza.

¿Ha pensado usted en escribir poesía?

     —Si, no diría he pensado, sino que pensé, incluso lo hice recién llegado a México en 1944. Publiqué tres poemas en una revista de literatura de México pero ahora ando viendo cada uno de esos ejemplares que encuentro en casa de mis amigos, para ver como me deshago de ellos. Tal vez demasiado impresionado por los poetas mismos, no me atrevía yo a ser poeta, a ponerme a escribir versos, a pesar de que como soy un autodidacta, aprendí el español leyendo a los clásicos del siglo de oro español. Si me atreví a hacer algunos poemas, pero yo era muy solitario y no tenía con quien comentar estos versos hasta que pasó mucho tiempo y yo seguía intentando escribir esos versos. Pero cuando salí a la calle, precisamente a la lucha contra este dictador (Jorge Ubico), me encontré con los otros que estaban en lo mismo, en esta lucha y queriendo ser poetas; y yo llevaba como unos trescientos años de atraso respecto de lo que ellos estaban haciendo. Ellos estaban leyendo a Rilke, a Neruda, en fin, estaban al día en materia de poesía, y me di cuenta de esto porque los poemas que yo escribía, eran como de Calderón de la Barca. Eran poemas morales y en décimas octosilábicas. Yo estaba aprendiendo a escribir en poetas de trescientos años antes. Entonces me inhibí de la idea de ponerme al día, por lo menos para hacerlos, me puse al día solo para leerlos, entonces hice esos poemas en México, pero no me satisficieron. Me di cuenta también de que si quería expresar cosas poéticas, podría hacerlo también por medio de mi prosa. Terminé como algunos otros, por no hacer distingo entre prosa y verso, cosa que viene, si no de Baudelaire, de Mallarmé. Y me conformé, pues, con que la búsqueda de la poesía en la expresión literaria puede intentarse en prosa.

¿Qué tiene usted que decir de Humberto Akabal (Guatemala), como uno de los pocos poetas indígenas latinoamericanos?
     —Si, tengo un libro de Humberto Akabal, el poeta indígena, me parece que es un buen poeta.


Mientras América latina tuvo a Bolívar, ¿Centroamérica tuvo a William Walker? (William Walker fue un filibustero estadounidense, se autoproclamó presidente del Estado de Sonora en México, luego se autoproclamó presidente de Nicaragua hacia 1856, restableció la esclavitud, legalizó el inglés como idioma oficial. Fue apresado por los ingleses y sentenciado a muerte por fusilamiento. Al morir, los disparos no le empujaron hacia atrás, sino que cayó hacia adelante).

     —Walker como filibustero norteamericano, que se hizo presidente de Nicaragua, era un aventurero y un sinvergüenza, y no merece para nada compararse con Bolívar. Nunca entraría en una discusión en que son mejores o peor el uno o el otro, no hay comparación.

Salió del salón acompañado por su mujer, caminaba despacio apresado por la fatiga, dejó atrás el salón a solas.


LAS MIRADAS DE MONTERROSO
El segundo día de jornada fue más difícil aún acercarse a Monterroso. Estaba extenuado, cansado, harto de la atención que reclamaba el público que se acercó al lugar. Al finalizar la charla, se sentó en un sillón que estaba en el pasillo a descansar. Bárbara Jacobs, su mujer, se sentó a su lado, sonriente. No es un secreto que entre las parejas hay complicidad, pero entre ellos hay un lenguaje mudo que lo despeja y lo controla todo entre ellos. Nunca están solos, y la mirada y los gestos los entrelazan como manos que se unen en el espacio, invisibles y silenciosas.
Bárbara Jacobs nació en ciudad de México en 1947, ha escrito varios textos, entre las que se encuentran “Doce cuentos en contra” (1982), “Las hojas muertas” (1988), “Las siete fugas de Saib, alias El Rizos (1991), “Vida con mi amigo” (1994).
El sillón se encontraba en un pasillo de paso entre el salón principal y el restaurante. Pasaba mucha gente, y aun así se pudo sostenerse una conversación. Un escritor les había emplazado para hablar con ellos. Se sentó cogiendo un sillón grande como el de Don Augusto, dejándole la silla a Bárbara. La pareja se mostró encantada con el tema de su diálogo, aunque ellos fueron gentiles y generosos con todos... En un momento la charla se centró entre Bárbara y El escritor. Esto fue lo que ocurrió.


EL PERIODISTA
-- ¿Cómo sigue de su enfermedad?
MONTERROSO
-- He estado tomando medicinas, he tenido unos espasmos... una colitis, pero me dio mucha guerra, y sigue dando. Ahora estoy más calmado, porque tomé mis medicinas, y esto ha acabado...
EL PERIODISTA
-- ¿Usted cree que todo escritor tiene un mal íntimo, una suerte de hipocondría personal?
MONTERROSO
--No sólo cada escritor, sino que cada músico o cada pintor, cada ingeniero y cada campesino tiene sus males. Pero no tienen por qué ser sólo los escritores los que tienen un mal único... Hizo una pausa mirando al periodista a la cara -- ¿Usted fue el que preguntó por Walker?
EL PERIODISTA
--Ajá.
MONTERROSO
-- Bueno, siento que entendí mal su pregunta... Pero ahí queda dicho. Walker fue un sinvergüenza que no merece mención.


EL ESCRITOR sigue hablando a toda velocidad. Posee el tono de los tenores, que al hablar engolan la voz. Pronuncia las palabras acentuando las eses, con un vocabulario que tiende a la ultracorrección. Atrapó a Bárbara Jacobs y logró que ella le fuese a buscar un libro...


MONTERROSO
--Siéntese aquí conmigo, venga -- Y su tono fue familiar, dirigiéndose al periodista. Pero EL ESCRITOR se dirigió a Monterroso de nuevo. Según él la había preparado meses antes para el día de hoy. Ya no tenía a Bárbara y abordó de nuevo a Augusto.
EL ESCRITOR
-- Oye Augusto, quería que me firmaras este libro, (Movimiento Perpetuo), lo tengo desde hace muchos años. Y en “Onis es asesino”, ya verás, cuando leas “La tienda de palabras” entenderás la historia completamente. Es una cosa un poco absurda que me regaló mi hijo...
MONTERROSO
-- Ah, bueno. Asintió Monterroso --Don Augusto firma el libro que le ha pasado EL ESCRITOR.
EL ESCRITOR
--Tengo un encargo para ti de Rodríguez de la Fuente, para que me cuentes como trabajas.
MONTERROSO
-- Yo no trabajo.
EL ESCRITOR
-- La pereza te sustrae.
MONTERROSO
-- Sí hombre, es que muchas veces trabajo en literatura, pero hay que descansar. Hay muchos libros y alguien debe descansar.
EL ESCRITOR
-- ¿Leíste un libro de Gabriel Saín que se llama “Demasiados libros”? Te encantará porque es demoledor, demasiado demoledor.
MONTERROSO
-- No, no he leído el libro, pero conozco que existe.
EL ESCRITOR
-- ¿Y qué te parece el libro?, ¿te gustó?
MONTERROSO
-- Oí algo sí.
EL ESCRITOR
-- Me refiero al libro de los libros, lo que estoy haciendo.
MONTERROSO
-- Sí, me parece muy interesante --Me mira, me mira insistentemente mientras le responde.
EL ESCRITOR
--Sí, es extremadamente interesante. Pero ¿te gusta la idea?
MONTERROSO
-- Te digo que oí algo de lo que hablabas con Bárbara... Me parece muy interesante.
EL ESCRITOR
-- Es endiabladamente interesante --Augusto Monterroso firma el libro. El escritor le da otro.
EL ESCRITOR
-- Este es para mi hijo Julio, tiene siete años y es parte de su herencia. Tiene siete años pero ya crecerá.
MONTERROSO
-- ¿Se lo dedicamos a él?
EL ESCRITOR
-- ¡Claro! ¡Claro! Él tiene mucho interés por la literatura (hace una pausa mientras mira lo que pone Don Augusto), se llama Julio -- Monterroso vuelve a mirar al periodista mientras escribe automáticamente. Me mira y noto un rictus en la mirada de cierto purgatorio.
MONTERROSO
-- ¿Crees que entienda esto un niño de siete años? --El escritor se ríe. Augusto mira al periodista impaciente. El periodista interrumpe en un breve silencio dejado por el escritor.
EL PERIODISTA
¿Si no hubiese existido la dictadura, habría tenido otro motivo para la rebeldía? --Don Augusto sonríe.
MONTERROSO
-- ¡Claro!
EL PERIODISTA
¿Y en qué encontraría ese motivo?
MONTERROSO
-- ¡En todo! Hay que hacer como dice Bárbara Jacobs en su volumen de cuentos. Se llama "Dos cuentos en contra", en contra de todo. --Mira al escritor, grave, serio, mientras firma el libro.
EL PERIODISTA
-- ¿Usted cree que escriben bien los escritores que están bien alimentados? --Lo dijo señalando, jura que inconscientemente, al escritor. Monterroso sonríe un poco y lo mira más grave todavía.
MONTERROSO
-- No, más bien creo que son los... que escriben... ¡Mal! --Y mira más severamente al escritor. Aún no ha puesto la firma, que es lo que el escritor espera). El hambre es más productora de genio que la abundancia.
EL ESCRITOR
-- Mira este es para alguien del ABC cultural (le entrega otro libro), este es para Luis Cantero --Se dirige al periodista), un minuto nada más --Vuelve a Monterroso-- Si te apetece... Bueno Luis dice...
MONTERROSO
--¿Y qué dice? -- Coge el libro entre las manos.
EL ESCRITOR
-- Luis Cantero escribe en agendas, siempre en hojas de agenda, es un maniático a la hora de escribir. --Augusto vuelve a mirar al periodista y parece dolerle algo. Es una mirada que se clava; el periodista estuvo a punto de decirle: ¡Clávesela a él!
MONTERROSO
--¿Qué?, ¿escribe a mano?
EL ESCRITOR
-- No, no, no, tienen que ser unas hojas especiales. La primera versión la hace con un bolígrafo azul, la segunda versión corrige con un bolígrafo rojo y después hace con bolígrafo verde la tercera versión. Se rodea de los libros de los escritores que cree que necesita. Y hablando con él comentamos si eso formaba parte del proceso creativo... Bueno ¿cómo escribes, en qué ambiente? Monterroso vuelve a mirar al periodista intensamente. Luego le dirige la mirada y contesta.
MONTERROSO
-- No, en ningún ambiente especial, ni en condiciones especiales que se repitan...
EL ESCRITOR
--¿No? --Pregunta sorprendido.
MONTERROSO
-- ¡No!
EL ESCRITOR
-- ¿Cada libro de una manera diferente?
MONTERROSO
-- No, escribo todo lo que escribo más o menos en el mismo sitio, pero no tiene que ser especial para eso.
EL ESCRITOR
-- ¿Escribes en papel, a mano, en ordenador? --Don Augusto vuelve a mirar al periodista, hace un gesto de una leve incomodidad en el estómago.
MONTERROSO
-- No, en papel a mano y con lápiz.
EL ESCRITOR
-- ¿Algún papel especial?
MONTERROSO
-- ¡No!
EL ESCRITOR
-- ¿En un sillón como San Pedro, sobre una mesa?
MONTERROSO
-- ¡No! Puede ser sobre las rodillas y puede ser en cualquier parte. En el autobús, en el metro, en mi escritorio...
EL ESCRITOR
-- Quiere decir que llevas a buen recaudo el escribir.
MONTERROSO
-- Sí, menos en los viajes.
EL ESCRITOR
-- ¿A la calle sales con lápiz y papel para escribir entonces?
MONTERROSO
-- Generalmente si, pero no para eso, siempre tengo papel o lápiz conmigo --En ese momento vinieron varios admiradores a despedirse, interrumpieron la reunión. Aparecieron los camareros pidiendo que se les diera paso. Era la hora de la comida.
EL PERIODISTA
-- Maestro, comprendo la situación. --Era ya imposible hablar con él.
MONTERROSO
-- Esta situación es fuerte, muy fuerte... --Y miró de nuevo al escritor-- Lo siento.
Mientras salía, rumbo a la estación de autobuses, se encontró con El Escritor que se despedía de alguien dándole las gracias por el dato. Esa cita nunca había sido concertada, al menos no tres meses antes como había dicho. El hombre iba hacia la estación de autobuses, igual que el periodista. En el camino, le pidió que le mandara las fotos, si alguna servía. El periodista lo miró de soslayo. Luego comentó que Augusto Monterroso era un gran escritor.
EL ESCRITOR
-- Monterroso es admirable. ¡Mira que llegar tan lejos escribiendo greguerías!-- El periodista le preguntó para desviar el tema.
EL PERIODISTA
-- ¿Qué te parece Conrad? -- Pero sin inmutarse continuó diciendo que los cuentos de Bárbara Jacobs no eran tan buenos...
EL PERIODISTA
-- ¿Sabes algo de la vida de Monterroso?
EL ESCRITOR
-- Por supuesto que sí.
EL PERIODISTA
-- Ah. -- Contestó.


Augusto Monterroso partía ese mismo día para Suiza, quien suscribe alberga la esperanza de que conteste un cuestionario de preguntas que le entregó.  El nombre del escritor es: Jesús Marchamalo García. Periodista y presentador de "Al habla", emitido por La 2 de televisión española. También es escritor pero no se encontraron las reseñas.



Se puede decir, sin ahondar demasiado; que nació en Tegucigalpa el 21 de Diciembre de 1921. De padre guatemalteco y de madre hondureña; tiene en su haber los siguientes premios: Premio Magda Donato (1970), Xavier Villaurrutia (1975), Juan Rulfo de Literatura latinoamericana y del Caribe (1996), Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (1997), Condecoración del Águila Azteca del gobierno mexicano (1998), Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2000).
“Los premios llegan cuando tienen que llegar”, dice. Así recibe todos los reconocimientos de sus años escribiendo, los más importantes tardaron en llegar. Es autodidacta. Fue amigo de Juan Rulfo (conocido por sus obras “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”).
Publicó por primera vez en El imparcial, de ahí saldría al exilio, motivada la huida por escribir artículos y participar en actos políticos contra la dictadura de Ubico. En 1944 se estableció en México donde conoció a Juan Rulfo con el que llegó a trabajar. En una anécdota recogida por Vilas-Matas comenta que ambos se escondían de su jefe por temor a ser despedidos, ocultándose detrás de una columna.
“No me dediqué a la literatura por el exilio. Me exilié por dedicarme a la literatura”. Hay que mencionar sus obras para no dejar todos los años en el vacío: "El concierto y el eclipse" (1952), "Obras completas y otros cuentos" (1959), "La oveja negra y demás fábulas" (1969), "Movimiento perpetuo" (1972), "Lo demás es silencio, vida y obra de Eduardo Torres" (1978), "La palabra mágica" (1983), "La letra e (1987), "Viaje al centro de la fábula" (1989), "Los buscadores de oro”, (Memorias, 1993), "Sinfonía concluida y otros cuentos" (1994).

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