viernes, febrero 08, 2013

Alfredo Bryce Echenique, ese muchacho de siempre.

"No sabemos quién descubrió el agua, pero sabemos que no fueron los peces." Marshall Mc Luhan. ¿Te has dado cuenta del sistema en que vives?




     La noche anterior tuvo una subida de tensión. Él lo llamó un “casi infarto”, pero lo cierto, es que había dormido casi 9 horas antes de este encuentro y su aspecto era el de un recién levantado y rejuvenecido Alfredo Bryce Echenique (Lima 1939). Además de su significativa trayectoria como escritor y de ser representante del Boom latinoamericano, Bryce tiene una enorme capacidad para relacionarse; tiene amigos en todas partes. Su actitud es la de un hombre serio que ha hecho de su vida una gran fiesta, de asombros, descubrimientos y sorpresas.

     Quizá, podría encontrarse a este escritor, reflejado en el prototipo de latinoamericano de clase media-alta que describe Carlos Monsiváis (Aires de Familia, Anagrama 2000), un hombre que mira a Europa (o a Estados Unidos), rechazando la propia cultura local y lo que hay en casa. Pero lo cierto es que Don Alfredo ha hecho algo diferente en su proceso vital. A lo largo de cerca de 38 años viviendo en diversos países europeos, le ha dado vitalidad a la imagen del Perú, siendo siempre su representante en donde quiera que vaya; un peruano educado a la inglesa en toda regla, que ha regresado a su tierra, mientras posee un enorme éxito en las letras contemporáneas. Actualmente escribe su última novela “El huerto de mi amada”, un libro que recoge sus memorias familiares, desde dos historias que se entrecruzan con un protagonista central.

      ¿Usted se considera maduro, o le molesta la idea?
     —Bueno, hay una actitud que me mantiene prolongando la adolescencia inconscientemente... La madurez me aburre bastante, no creo que los viejos se vuelvan sabios sino prudentes simplemente.
     ¿Todo lo que escribe viene de los recuerdos, hace usted crónica de lo que escribe?
     —Yo creo que el proceso de la escritura de mis novelas, viene del proceso de la memoria, pero es una memoria que inventa. Por el lado de mi familia Echenique hay personajes que han sido algo en la vida política en el pasado y se ha escrito mucho de ellos. Hay un pasado “gatopardesco”. En cambio por el lado de los Bryce, hay mucho silencio porque mi padre era muy tímido, anglosajón de carácter, un inglés perdido en Indias. Le tenía espanto a la gente. Una vez fui con él a cortarse el pelo y el peluquero, que tenía fama de conversador, le dijo: ¿Don Francisco como quiere que le corte el pelo? Y él contestó: Sin hablarme.
     —Así que él nunca dijo gran cosa. Me tocó viajar con esa especie de mudo profesional, y a través de cosas sencillas los fui descubriendo, e indagando con la familia. Descubrí en él que tenía una profunda nostalgia por causa del mundo andino, porque nosotros somos costeños y él había trabajado ahí. También, que mi abuelo Bryce había muerto en el sanatorio de Jauja de tuberculosis. Pero estos pocos datos elementales dan una historia casi inventada. Nosotros no supimos por qué mi padre se fue a los 18 años del Perú y no volvió hasta los 40 para casarse con su sobrina, mi madre, veintitantos años menor que él. Y bueno, cola de cerdo no ha habido como en Macondo, pero sí, de esto se puede hacer mucha memoria inventiva. O cosas como que el primer televisor legal que hubo en el Perú, lo tuvo él (su padre), fue un hombre muy versátil. Mi madre era la lectora, amante de la literatura francesa y española. Y fue la que me apoyó para dedicarme a la literatura, porque mi padre no quería. Yo iba a pedir becas a las embajadas y no me las daban. Y claro, yo contaba estas cosas en la casa a la hora de la comida. Entonces mi madre me dijo, que no dijera nada, porque mi padre iba a las embajadas a pedir que no me la concedieran. Todo lo que aprendí, fue porque ella me hizo leer muchísimo y pagaba profesoras para que me enseñaran.
      ¿Ha tenido que ser valiente para regresar a su país o le ha bastado con llegar?
     —Yo creo que sí, hay que ser valiente, hay que estar siempre rejuvenecido. Pero bastarme, no creo. Me doy cuenta de cuando veo a mis adorados compañeros de colegio, aunque les duela, llevan todos una pantufla en el alma. La sorpresa de haber salido de Lima cuando tenía un millón de habitantes y ahora tiene trece y claro está lo de ver cómo lo hago al empezar de nuevo, después de haber tenido un Sol en Europa. Los amigos ya tienen vidas distintas que ya no tienen nada que ver, pero por ejemplo un amigo mío se casó antes de salir. Y en una de las reuniones de despedidas antes de embarcarme, porque me fui en un barco mercante, estaba su mujer embarazada y yo le dije que esa barriga era mía, quiero decir, que yo lo bautizaría. Bueno, yo tardé 8 años para volver al Perú, y él no había bautizado a su hijo.
      ¿Duele volver?
      —Sí, tal vez, si no sabes volver con el cuadro de época que tienes en la memoria y reponerlo, puedes pasarlo mal. A veces ves cosas hirientes. Pero hay que actualizar los recuerdos.pan class="style13">
       En La amigdalitis de Tarzán aparece (citando a Hemingway), “conoció la angustia y el dolor pero jamás estuvo triste una mañana”, ¿esa frase para la protagonista, es usted mismo?
 (Sonríe irónicamente)
     —Cuando me he sentido muy perdido, muy solo, de pronto surgía una sonrisa y eso era reconfortante; pero la frase en realidad es para la protagonista. Fue más para descubrir su carácter, a una mujer a la que le pasaba de todo y se despertaba siempre con una sonrisa en los labios. Como la novela es de una mujer, contada por una mujer, y como siempre se ha dicho que mi manera de escribir es muy femenina, pues todos los epígrafes son femeninos excepto este que era tan bueno, que tuvo que entrar Don Ernesto Hemingway.
      ¿Qué tal es este momento en su vida, después del regreso?
     —Bueno, en Europa yo rompí siempre la costumbre de hablar del Perú, tuve grandes amigos peruanos, pero la idea de guetto no me gustaba, había que vivir como decía Cortázar, el exilio positivo, camina, habla, piensa, mézclate. Pero se dice que después de los primeros meses de llegar y vivir la euforia, llegan esos meses de hibernación melancólica y claro, después de 38 años fuera estoy muchas veces eufórico y muchas veces melancólico.
     Alfredo Bryce Echenique se encuentra en estos momentos trabajando sobre su novela “El huerto de mi amada” en Las Palmas de Gran Canaria, en un hotel en la plaza Santa Ana. A pesar de estar radicado de nuevo en el Perú, sigue viajando por Europa y dictando cursos en diversas Universidades. Sigue con el segundo volumen de sus antimemorias y ronda la idea sobre un título, “Dándole pena a la tristeza”. Al acabar este encuentro y al igual que la noche anterior, se fue de fiesta con sus amigos; se queja, dice que está muy enfermo, pero se marchó como siempre al encuentro de ellos.


PERFIL DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Nace en Lima, Perú, en 1939, estudió en un colegio inglés norteamericano. Obtuvo el Diplomado en Abogacía en 1964 y posteriormente el Diplomado en Literatura Francesa en La Sorbona en 1965-66. Desarrolló diversos oficios universitarios. En 1975 fue becado como escritor por la Fundación Guggenheim de Nueva York y en 1977 se doctoró por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde entonces ha sido profesor en diferentes universidades como la de Austin, Puerto Rico, Yale, Montpellier y ha dado conferencias en diversos países occidentales.
De lo escrito hasta la fecha se pueden encontrar:


“Huerto cerrado” (1968), “Un mundo para Julius” (1970), “La felicidad ja, ja” (1974), “A vuelo de buen cubero” (1977), “La vida exagerada de Martín Romaña” (1981), “El hombre que habla de Octavio Cádiz” (1984) “Cuadernos de navegación para un sillón de Voltaire” (1985), “Magdalena Pervana” (1986), “Crónicas personales”, versión aumentada de A vuelo de buen cubero (1987), “Goig” relato escrito en colaboración con la escritora salvadoreña Ana María Dueñas (1987), “La última mudanza de Felipe Carrillo” (1988), “Dos señoras conversan” (1990), “Permiso para vivir” (1993), “Tantas veces Pedro” (1993) “No me esperen en Abril” (1995), “A trancas y a barrancas” (1996), “Reo de nocturnidad” (1997), “Guía triste de París (1999), “La amigdalitis de Tarzán” (1999).
Los premios recibidos, quizá no sean demasiados o notorios, pero al menos, y tal como a él le gusta vivir, son de una enorme sobriedad y prestigio, allí donde ellos existen.
Premio Nacional de Literatura Ricardo Palma, Lima-Perú (1974), Premio Passión, otorgado por los libreros de Francia, París (1984), Caballero de Las Artes y Letras de Francia, otorgado por el Ministerio de Cultura de Francia (1986), Medalla Cívica de la ciudad de Lima (1990), Comendador de La Orden de Isabel La Católica, otorgado por el Rey de España (1993), Premio internacional de La Paz DAG HAMMARKSJO en Madrid (1997)


Es alto, quizá muy alto para la edad que tiene, cerca del metro ochenta. Las arrugas de su cara no ocultan un aire divertido, una mirada inteligente que se escuda en el sentido del humor. Ya lo diría Augusto Monterroso “El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo”.

Se licenció en Derecho y obtuvo el título de Doctor en Letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima. En París se diplomó en la Sorbona en Literatura francesa Clásica (1965), Literatura Francesa Contemporánea (1966), Magister en Literatura Universidad de Vincennes, París (1975), Doctor en Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima (1977).
En 1964 se trasladó a Europa y residió en Francia, Italia, Grecia y Alemania. Desde 1984 radica en España aunque suele pasar largas temporadas en su tierra natal. Regresó brevemente al Perú en 1999 y abandonó el país ante el clima político que existía en la nación. Regresó, pues, a Barcelona en 2002 y publicó su segundo libro de memorias, Permiso para sentir, en 2005, denunciando ácidamente la transformación de Perú.

En 1968 ganó el Premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Huerto cerrado, publicado ese mismo año. Premio Nacional de Narrativa de España 1998, es uno de los autores hispanoamericanos más traducidos del momento, ganador del premio Planeta en el 2002 por su novela El huerto de mi amada.
En 2005 se han reeditado en Perú y Latinoamérica gran parte de sus libros a precios populares y han tenido gran acogida en las librerías.


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