miércoles, agosto 22, 2012

Hopper el solitario

CAPITÁN DE LA NAVE DE LOS LOCOS

Hoy he ido a ver a Edward Hopper. Resulta que en el museo Thyssen-Bornemizsa, si presentas la tarjeta del paro te dejan pasar a ver todas las exposiciones. A mi, solo me interesaba la de Hopper, pero al final estuve cerca de tres horas hasta que entendí que al igual que cuando uno prueba muchos perfumes, mi ojo ya no valoraba ni se enteraba de nada.

Justo antes de entrar pude ver cuatro cuadros bastante agraciados del rey y la reina, cómo no y en el otro extremo del Barón y la Baronesa Thyssen. Fácil de entender y difícil de digerir, especialmente en tiempos donde la monarquía se esfuerza más que nunca en ser los padres y las madres de todos los españoles. 

No tengo nada malo que decir de Hopper, a mi me gusta pero sinceramente me resultó bastente aislado y triste en comparación. De hecho me sorprendió que eligieran dos trozos de poemas uno de Rimbaud y el otro de Paul Verlaine que bien habría servido a Sorolla en vez de esa tristeza diluída que expresa Hooper con sus trazos.

Me quedé con uno de los poemas:


"Un vaste el tendre
apaisement
semble descendre
du firmament
que l´astre irise.
C´est l´heure exquisite!


La lune Blanche 1869-1870 (La bonne chanson 13/18)

Edward Hopper parece ser un vouyer legitimado que mira a aquellos que miran a otra parte. Parece retratar instantáneas anónimas, momentos congelados en el espacio como ocurre en "Pavimentos de Nueva York" 1924-25 donde una monja aparece azotada por la brisa, una brisa que no se ve pero que se hace presente en lo deforme de su sombrero. En "El teatro de Sheridan" 1937 ocurre algo similar. Los personajes están quietos, suspendidos de cualquier acción y sin embargo presentes.

No todo es estático y sutilmente distante, En brisa de tierra 1939, devuelve cierta alegría pero siempre estática al igual que en Martha McKeen de Wellfleet 1944.

Personajes pues ausentes e indiferentes al espectador parecen separados incluso dentro del propio cuadro como en "Gente al Sol"  1960 donde cada personaje representa un microuniverso separado de los otros.  A pesar de ello, y sobre todo a pesar de ser un solitario que observa y encuentra la soledad, Hopper no puede evitar que sus dibujos a carbón estén llenos de vida y agilidad demostrando que toda esa iconografía es absolutamente deliberada abandonando a sus oleos a una visión taciturna de la existencia.

Gente que hace cosas sencillas mientras no son vistos, servir una gasolinera, limpiar una habitación, mirar a la calle desde una ventana, Hopper es pues un hombre que mira a gente que a veces también miran a los otros desde el vacío.

En la exposición lo urbano y el mar son los motivos centrales. Mira que es difícil, pero el mar también parece estático, solo en un par de pinturas los colores del atardecer recuerdan la posible vida que hay detrás de la mirada. Figuras geométricas de una rotundidad escolar con trazos gruesos y pesados para representar casas, prados, edificios que son cuadrados, rectángulos, círculos que no esconden su origen ni tampoco la mirada con que miran sus personajes.

En la exposición también se hacen similitudes con el cine, se recuerda su influencia en varios artistas, pero a mi eso, no me importó... Me importó más contemplar su autorretrato, por cierto bastante vivo y amable y pensar que esa representación, de un hombre que se mira así, a si mismo era aquél que parecía ver la vida como una fotografía tomada a gran velocidad de obturación.


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